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La oración es necesaria, pero también lo es el trabajo

“No descuidemos nuestra comunión espiritual con los Genios Divinos que rigen nuestra evolución, pero estemos atentos al servicio que debemos a nuestros semejantes, pues sólo mediante la paz de una recta conciencia podremos atesorar en nosotros la Paz Celestial” (Emmanuel/Francisco C. Xavier, Respuestas a la vida).

Dios es la inteligencia suprema y la causa primera de todas las cosas, pero no nos creó de forma acabada; al contrario, nos hizo simples e ignorantes, y a cada uno de nosotros nos corresponde buscar, con nuestro propio esfuerzo, los logros disponibles que un día nos conduzcan a la felicidad y la paz. En la esfera universal, por tanto, somos cocreadores, una atribución que nos delega la providencia divina y que nos permite contribuir al progreso de la humanidad al tiempo que progresamos nosotros también.

Es importante e incluso necesario que nos mantengamos en sintonía con nuestro Padre Celestial, porque cuanto más cerca estemos de él, más seguros estaremos en el viaje evolutivo que tenemos que emprender. Y esto, por supuesto, podemos lograrlo a través de la oración, ese mecanismo vibracional que nos conecta con las esferas sublimes de la vida. Un diálogo franco y sincero entre la criatura y el creador. Sin embargo, la oración por sí sola no basta, aunque este recurso espiritual garantice la renovación de nuestras fuerzas y el fortalecimiento de nuestra fe. Es esencial no subestimar el trabajo, porque la propia palabra “oración” ya nos indica lo que tenemos que hacer, que es orar con acción.

Pablo de Tarso, en su carta a los Hebreos (12:12), afirmó categóricamente: “levantad vuestras manos cansadas y vuestras rodillas vacilantes”, destacando el esfuerzo que debemos hacer en todas nuestras actividades, cayendo y levantándonos sin desfallecer. Así que levantemos los ojos al ”cielo“, buscando la ayuda divina, y pongámonos a trabajar en la Tierra, cumpliendo con nuestras obligaciones, aunque ello suponga sacrificarnos.

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En El libro de los espíritus, En la pregunta nº 683 del libro de Allan Kardec, el Espíritu de la Verdad nos aconseja que el trabajo debe realizarse dentro de los límites de nuestras fuerzas. Si hacemos esto y añadimos a nuestro trabajo el poder de una oración, las posibilidades de nuestro éxito serán ciertamente enormes.

Por eso, ante los contratiempos naturales de la vida, ante los retos que se nos presentan, acudamos a Dios en busca de ayuda y pongamos también de nuestra parte. Evitemos creer que la solución a nuestros problemas sólo se resolverá mediante insistentes súplicas a las esferas espirituales. A cada uno de nosotros se nos dará según nuestras obras, en obediencia a la ley de causa y efecto o de acción y reacción.

Francisco de Asís dijo hace mucho tiempo que “dando se recibe”, y Jesús, en el contexto de sus notables lecciones, dijo también: “pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá la puerta. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá la puerta” (Mateo 7).

Por tanto, seamos conscientes y asegurémonos de rezar a menudo, sin olvidar nuestros compromisos laborales. A través de la oración estaremos en comunión con la Divina Providencia, a través del trabajo cumpliremos los designios de Dios para la humanidad.

Reflexionemos.

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