
Si hay algo que caracteriza a la juventud es la intensidad. Los jóvenes lo sienten todo a la vez: alegría, rabia, miedo, tristeza, ansiedad. A veces todo en el mismo día, a veces todo al mismo tiempo. Ante esto, surgen las etiquetas fáciles: “dramático”, “descontrolado”, “exagerado”. Quizá lo correcto sea preguntarse: ¿y si el problema no es que sientas demasiado, sino que no has aprendido qué hacer con lo que sientes?
Sentir es humano. La ira no es un error, la tristeza no es debilidad y el miedo no es falta de fe. La dificultad empieza cuando la emoción se apodera de la persona y ésta reacciona por impulso: se hiere, explota, se cierra, se culpa, se pierde. No es la emoción la que enferma, sino la falta de recursos internos para afrontarla.
En un mundo acelerado, aprender a hacer una pausa es un verdadero ejercicio de valentía. Respirar, darte cuenta de lo que ocurre en tu interior y pensar antes de actuar son actitudes sencillas pero profundamente transformadoras. Es en esta pausa consciente cuando evitas las palabras hirientes, las actitudes dañinas y los remordimientos que te agobian más tarde. Hacer una pausa no es debilidad; es conciencia en acción.
Como enseña Allan Kardec, el progreso del Espíritu se produce cuando unimos sentimiento, razón y responsabilidad. Educar las emociones es cuidar el alma
Los jóvenes también aprenden, a menudo con tropiezos, que las relaciones forman parte de la vida y de los conflictos. Padres, amigos, profesores, compañeros: nadie sale indemne. Por eso, madurar emocionalmente implica aprender a decir lo que se siente, a poner límites, a pedir ayuda y a escuchar a los demás, sin ser agresivo ni tragárselo todo uno solo. Eso es madurez emocional. Eso es aprender a convivir.
El Espiritismo nos invita a darnos cuenta de que la emoción también educa al Espíritu. Estamos aquí para aprender, sentir y evolucionar. Jesús, nuestro mayor educador, nunca negó las emociones humanas; al contrario, demostró con su vida que pueden transformarse en aprendizaje, amor y conciencia.

Como enseña Allan Kardec, el progreso del Espíritu se produce cuando unimos sentimiento, razón y responsabilidad. Educar las emociones es cuidar el alma. Enseñar a un joven a lidiar con sus sentimientos es ayudarlo a caminar con más luz, hoy y en el futuro. Porque sentir forma parte de ello. Aprender a lidiar con ello es evolución.
El año 2026 comienza como una invitación a la acción. Más que discursos, estamos llamados a invertir en prácticas que acojan a los jóvenes como un todo: mente, emoción y espíritu. Crear espacios de escucha, desarrollar talleres de educación emocional, reforzar los grupos de convivencia, preparar a educadores y voluntarios para tratar conflictos y vulnerabilidades e implicar a las familias en este proceso son caminos posibles y necesarios. No se trata de formar jóvenes “comportados”, sino jóvenes conscientes, capaces de reconocer sus emociones, respetar a los demás y tomar decisiones más responsables.
Que 2026 sea un año de atención, aprendizaje y esperanza. Un tiempo en el que ayudemos a nuestros jóvenes a convertir la emoción en crecimiento, el sentimiento en conciencia y los retos en peldaños para la evolución espiritual.
Referencias
Emociones, juventud y educación emocional
GOLEMAN, Daniel. Inteligencia emocional. Río de Janeiro: Objetiva, 2011.[1]
SIEGEL, Daniel J. El cerebro adolescente: el gran potencial, coraje y creatividad de la mente de 12 a 24 años. São Paulo: nVersos, 2016.[2]
Espiritismo, emociones y educación del Espíritu
EMMANUEL (Espíritu). Pensamiento y vida. Psicografiado por Francisco Cândido Xavier. 19. ed. Brasília, DF: FEB, 2013.[3]
KARDEC, Allan. El Evangelio según el Espiritismo. Traducción de Guillon Ribeiro. 131. ed. Brasília, DF: FEB, 2019. Disponible en: https://www.febnet.org.br/wp-content/uploads/2012/07/WEB-O-Evangelho-segundo-o-Espiritismo-Guillon.pdf. Consultado el: 20 dic. 2025.[4]
[1] Obra clásica sobre el papel de las emociones en el desarrollo personal, social y educativo.
[2] Trata de forma accesible las transformaciones neurológicas y emocionales de la adolescencia.
[3] Profundas reflexiones sobre la mente, las emociones, la responsabilidad y el crecimiento espiritual.
[4] Bases éticas y morales para una vivencia equilibrada de las emociones a la luz del Evangelio de Jesús.