En medio de las expectativas de los pacientes que ven en la investigación científica una posibilidad concreta de recuperación, la neurocientífica brasileña Tatiana Sampaio escuchó una frase que podría sonar incómoda en ambientes académicos: que ella sería un “instrumento de Dios”. La respuesta surgió de forma natural: “Si soy un instrumento de Dios, lo aceptaré. No tengo ningún problema”.

La declaración no iba acompañada de un discurso religioso ni de pretensiones sobrenaturales. Al contrario. La investigadora ha reiterado que trabaja con método, protocolos, fases clínicas y criterios estrictos, y aun así, no muestra pudor cuando la dimensión espiritual aparece en la lectura que los pacientes hacen de su propio sufrimiento.
Esta postura dialoga con una reciente reflexión del psicólogo y escritor Rossandro Klinjey, quien ha defendido que fe y razón no son fuerzas opuestas. “Todavía hay quien imagina la fe y la razón como rivales, pero yo las veo como dos maneras de mirar el mismo mundo”. Según él, la fe “da sentido a lo que no se puede explicar”, mientras que la razón “da forma a lo que la fe sueña con transformar”. En otro pasaje, añade: “La ciencia puede ser la fe ganando manos. Puede ser el amor al prójimo traducido en investigación, método y persistencia”.
La idea desplaza el debate tradicional. En lugar de conflicto, propone funciones complementarias. La fe no sustituiría al laboratorio; y el laboratorio no vaciaría el sentido existencial.
Progreso intelectual y responsabilidad moral
En el pensamiento espiritista, esta integración encuentra un fundamento claro. En El libro de los espíritus, Allan Kardec aborda directamente la relación entre el progreso intelectual y la madurez moral. En la pregunta nº 780, se plantea si el progreso moral sigue siempre al progreso intelectual, y la respuesta es objetiva: “Sigue de él, pero no siempre inmediatamente”. Y la siguiente aclaración amplía la responsabilidad humana: el progreso intelectual hace comprensibles el bien y el mal; a partir de ahí, el individuo puede elegir. El desarrollo del libre albedrío acompaña al de la inteligencia y aumenta la responsabilidad de los propios actos.
La reflexión es oportuna. Cuanto más avanza la ciencia, mayor es la responsabilidad ética de quienes la dirigen. El conocimiento aumenta el poder y, con él, el peso de las decisiones.
Entre el consuelo y el método
Klinjey observa que hay dimensiones de la experiencia humana en las que la ciencia quizá nunca llegue a ofrecer lo que la fe, sobre todo cuando el terreno parece desaparecer. “No todo es una solución; algunas cosas son un camino”, afirma. También advierte de un riesgo: convertir la fe en pasividad: “No basta con rezar para que alguien vuelva a caminar si también podemos construir, con la inteligencia que hemos recibido, caminos para que esto ocurra”.
Es en este punto donde el discurso de Tatiana adquiere relevancia pública. Al aceptar serenamente la idea de ser un instrumento, no transfiere la responsabilidad a lo divino ni abandona el rigor científico. Al contrario, asume que pensar, investigar y aplicar el conocimiento también puede entenderse como un don y, por tanto, como un compromiso.
La medicina del futuro
La literatura espiritista también proyecta esta convergencia entre la ciencia y la dimensión moral como un horizonte evolutivo. En Misioneros de la luz, El Espíritu André Luiz describe una escena en la que observa, junto a un instructor espiritual, los preparativos relacionados con la reencarnación. Frente a los gráficos y la planificación meticulosa, reflexiona sobre el futuro de la medicina.
Según el texto, la medicina humana se transformará profundamente cuando la ciencia se dé cuenta del alcance de los factores mentales en las enfermedades del cuerpo físico. Las dolencias rara vez se disocian de la psique. Las emociones intensas pueden agravar las enfermedades o favorecer los procesos de curación. El médico del futuro, dice el libro, no se limitaría a las prescripciones técnicas, sino que consideraría también las dimensiones espirituales del ser, en las que el amor desempeñaría un papel central en el proceso terapéutico.
La imagen es provocadora: una medicina que no abandona el laboratorio, sino que amplía su campo de observación.
Espero que eso se traduzca en acción
Al proponer que la ciencia se vea como “amor al prójimo traducido en trabajo silencioso”, Klinjey desplaza el foco del milagro a la responsabilidad humana. No se trata de elegir entre Dios y el laboratorio, sino de darse cuenta de que, para muchos, el laboratorio puede ser una de las formas concretas de responder a la llamada de la fe.
Cuando Tatiana dice que no tiene “ningún problema” en que la vean como un instrumento, la frase encierra algo más que sencillez. Conlleva madurez. No hay apropiación de lo divino ni rechazo de la trascendencia. Hay conciencia de los límites y compromiso con lo que está a su alcance.
Si el progreso intelectual aumenta el libre albedrío, como enseña Kardec, también aumenta la responsabilidad colectiva en el uso de estos conocimientos. Tal vez nos encontremos, de hecho, ante los primeros pasos hacia una medicina del futuro, es decir, una medicina en la que la técnica, la ética y la comprensión espiritual no compitan, sino que converjan.
En un escenario social marcado a menudo por la polarización, también en el campo de las creencias, las afirmaciones de la investigadora y psicóloga apuntan a un camino menos ruidoso: la fe puede ofrecer sentido; la ciencia, medios; y ambas pueden converger en el cuidado de la vida.
“La medicina del futuro no elegirá entre técnica y Espíritu; sabrá integrar ambas”.
Referencias
KARDEC, Allan. El Libro de los Espíritus. Traducción de Guillon Ribeiro. 93. ed. Brasília, DF: FEB, 2019. Disponible en: https://www.febnet.org.br/wp-content/uploads/2012/07/WEB-Livro-dos-Esp%C3%ADritos-Guillon-1.pdf. Fecha de consulta: 2 mar. 2026.
LUIZ, André (Espíritu). Misioneros de la luz. Psicografiado por Francisco Cândido Xavier. Brasília, DF: FEB, 2001. (Colección La vida en el mundo espiritual, 3).